miércoles, 4 de octubre de 2023

VANIDAD, MI PECADO FAVORITO

“Vanidad, mi pecado favorito” es la frase con la que John Milton -interpretado por Al Pacino- quien representa a satanás, cierra la exitosa película “El Abogado del Diablo”, después de todo el filme revela buena parte de las vivencias de los abogados, sus elecciones y consecuencias.

Pero, se han preguntado alguna vez ¿por qué los abogados son vanidosos?, mi hipótesis -y debo advertir que soy abogado- es que la vanidad de los abogados obedece a nuestra cercanía con la perfección. Admito que se trata de una hipótesis que suena arrogante y vanidosa, pero confío en que su curiosidad sea superior que su aversión.

Según Ramiro Borja y Borja la perfección está asociada con tres valores supremos que caracterizan un ser infinito: Dios. Estos valores son: la verdad, el bien y la belleza, solo Dios es perfecto en la medida que reúne estos valores en sí mismo.

Los seres humanos somos finitos, razón por la que no podemos compararnos con Dios, pero sí podemos acercarnos a él asumiendo estos valores supremos, de ahí que una persona que domine la verdad, el bien y la belleza se acerque a Dios o, en otras palabras, a la perfección.

La verdad es posible asumirla a través del entendimiento, tiene relación directa con la racionalidad, un ser racional puede entender y alcanzar la verdad que está buscando, pero la verdad junto con el conocimiento que la caracteriza es infinita y el ser humano finito, por lo tanto, los más cercano que puede llegar el ser humano a la perfección, en lo que a este valor se refiere, es a través del entendimiento de una verdad finita. El ordenamiento jurídico es eso, una verdad finita, creada al amparo de la racionalidad humana y susceptible de ser entendida por quienes tienen el perfil para hacerlo: los abogados.

Por otra parte, está el bien, este valor se canaliza a través de la voluntad, quien hace el bien imita a Dios o actúa en un marco de perfección, pero ¿qué es el bien?, ¿cómo lo conocemos?, ¿cómo lo juzgamos?, no es posible saberlo, porque sus posibilidades de acción son infinitas, alguien podría decir que matar no es está bien, pero hacerlo en circunstancias apremiantes sí, el bien entonces se justifica en la reacción y esa reacción no es sino una manifestación de la voluntad, por lo tanto, conocer en qué circunstancias hacer el bien es válido y en cuáles no, limita las posibilidades de acción del bien, volviéndolo finito. El ordenamiento jurídico no es otra cosa que la implementación de normas que fijan reglas de conducta humana que nos ofrecen seguridad para juzgar cuáles actuaciones se ajustan y cuales se alejan del bien, por lo mismo, los abogados, al conocer y entender estas reglas de conducta, tienen la oportunidad de luchar por este valor y por lo mismo acercarse a esta forma de perfección finita.

Finalmente, la belleza, manifestada a través de la sensibilidad que opera como un principio ordenador de las formas de conducta, la compasión, la caridad, la reciprocidad tienen su reflejo en el ordenamiento jurídico, existen normas que promueven la igualdad, que prohíben la discriminación, que procuran tratos especiales a personas en circunstancias físicas o socialmente adversas, tales normas no son más que el resultado de la creación humana sobre la base de su sensibilidad, por lo que los abogados, al defender estas normas, procuran reafirmar la esencia misma del orden social basado en el reconocimiento del otro desde la sensibilidad.

De ahí que los abogados al tener cercanía con el ordenamiento jurídico que limita desde la racionalidad los valores de verdad, bien y belleza, tengan cercanía con la perfección -limitada- y crean sentirse una especie de dioses, que desencadena su vanidad.


Bibliografía:

Ramiro Borja y Borja, Derecho Constitucional Ecuatoriano Tomo I.